Por Javier Reynoso
A
menudo Usted habrá leído por ahí escrito alguna que otra opinión
desfavorable acerca de nosotros, los argentinos. Que los argentinos esto, que
los argentinos aquello... Que somos unos mediocres subdesarrollados; que estamos
corrompidos desde la base; que somos irresponsables; indisciplinados, engreídos,
ingratos, etc.
Que
no sabemos lo que queremos y sólo reaccionamos recién cuando nos tocaron el
bolsillo. Que todavía no ha llegado lo peor; que África está a la vuelta de
la esquina; que este país no tiene arreglo; que la única salida posible es
Ezeiza...
Que
siendo hijos de una amplia variedad de nacionalidades y culturas hemos heredado
lo peor de cada una y por lo tanto no solamente somos ventajeros sino también
renuentes al trabajo.
Seguramente
habrá oído decir en algún debate de feria “cada pueblo tiene el gobernante
que se merece”, o basuras por el estilo.
Tal
vez haya visto propagandas televisivas en las que algunos Consejos de Alimañas
pretenden mostrar a la deslealtad como una cotidianeidad criolla.
O
reflexiones como ésta: “¡Europa se levantó de una guerra mundial!, ¿Se
imaginan si llegamos a sufrir una?”
Creo
que no hay muchos de nosotros que alguna vez no haya esgrimido afirmaciones, por
lo menos, parecidas a estas. Yo soy uno de esos, ¿de qué sirve negarlo?
Pues
bien, esta es nuestra realidad. Una sociedad al borde de la diáspora y el
descreimiento, sin confianza en sí misma, con la cultura individualista del mea
culpa promovida por años de desgobiernos e interlocutores del terror
titireteados desde la mafia multimediática.
Una
sociedad que en su afán de autocrítica sufre latigazos propios y ajenos como
un castigo de los dioses o de una maldición bíblica por su comportamiento
pecador.
Un
país en pie de guerra al que pretenden confundir cambiándole los enemigos cada
cinco días. Una Nación que desde el 19 de diciembre, aún no sabiendo con
certeza lo que quería, empezó a identificar qué es lo que no quiere, que no
es poco.
Todo
ese tipo de comentarios agraviantes se han convertido en algo doméstico, como
si aprendiéramos a vivir con ello, como si fuera un componente genético el
generador de esos comportamientos cuando sabemos que no solamente ha tenido que
ver la formación e información sino que además lo han hecho miles de otras
cuestiones que influyeron a lo largo de nuestra historia.
Cuando
un país desde sus comienzos cambia una independencia política por una
dependencia económica escandalosamente más dañina que la anterior.
Cuando
a la población de una Nación se la masacra constantemente a fuerza de fusil o
de medidas antieconómicas.
Cuando
a un pueblo se lo saquea para poder someterlo a través de deudas externas,
eternas e ilegítimas legitimadas por sus propios gobernantes.
Cuando
a una Nación se le enquistan traidores en el poder que luego pasaran a formar
parte de la selecta galería de “próceres” inmortalizados por los billetes
en circulación y demás libros de historia que estudiarán nuestros hijos.
Cuando
a un país le financian desde el exterior golpes y terrorismos de estado para
controlarlo y asegurarse que las cosas sigan en su cauce “normal” (mientras
su Iglesia mira para otro lado). Y hoy sus
genocidas andan sueltos por las calles como si nada hubiera sucedido.
Cuando
a una población se la agarra de las bolas mediante tratados internacionales en
los que los únicos favorecidos son los otros.
Cuando
a una Nación se le oculta la verdad y se le cercena hasta la opinión pública
mediante monopolios y otros artilugios legales y también no legales.
Cuando
a un pueblo se le ultraja sistemáticamente su Constitución Nacional y le
dictan leyes para pasar por encima y violar sus derechos elementales y brindar
privilegios a los intereses externos.
Cuando
sucede todo esto y muchas otras cosas más que no voy a enunciar sólo por una
cuestión de sinteticidad, entonces llegamos a la conclusión de que no somos
otra cosa más que sobrevivientes.
Supervivientes
de una larga serie de atrocidades y atropellos a generaciones de argentinos.
Argentinos que sólo pudieron ser protagonistas de la historia sólo en contadas
y especialísimas ocasiones en las que pudieron ser guiados por verdaderos
conductores quienes vieron truncadas sus obras por la misma vieja razón de
siempre.
A
veces cuando consideramos a los habitantes de otras latitudes, principalmente de
otros países “desarrollados”: la conducta cívica de los estadounidenses,
la diplomacia de los ingleses, la inteligencia de los japoneses, el sentido
nacionalista de los brasileños, lo laborioso de los chinos, etc. Si nos pusiéramos
a pensar tan solo por un instante qué hubiera sido de estos pueblos si se los
hubiera sometido, desde el momento mismo de su nacimiento, a toda esta artillería
de situaciones, entonces nos daríamos cuenta que no han podido con nosotros y
llegaríamos a tomar conciencia de lo fuerte que pueden ser las personas.
Claro,
esto no se trata del viejo plan de quedar desprovistos de toda culpa ni ponernos
en rol de víctimas. Como pueblo debemos también asumir entera la parte de
responsabilidad que nos corresponde y entender que si bien es cierto en parte el
lastre de nuestras falencias, esto es como consecuencia directa e indirecta de
todo lo que nos tocó vivir a nosotros hoy y a nuestros antepasados.
Por
eso es importante tener y darnos cuenta que no somos ni más ni menos que
los demás seres de este bendito planeta, porque en definitiva somos eso, seres
humanos, y como tales tenemos todos las mismas debilidades, desavenencias,
virtudes y fortalezas.
Fortalezas,
tal vez opuestas a aquella injusta lista de defectos que se nos adjudica, que se encuentran en
nuestra creatividad que va más allá de la mal inculcada “viveza criolla”;
en nuestra hermandad que excede a los largos maratones televisivos de fin de
semana; en nuestra oportunidad para terminar con gobiernos pusilánimes en el
momento y en el lugar preciso; en la madurez para salir con dolor de
nuestra pasividad adolescente; y lógicamente en la fortuna y la convicción de
los que quedamos para pelear, virtudes ambas que crecen como un símbolo de
adaptación de una especie que no está (ni quiere estar) en vías de extinción.
Saber
que estamos ante una oportunidad preciosa. Preciosa por su controversia en la
que los que ya eran evidentes están quedando aún más en evidencia por sus
propias incapacidades e ineptitudes de querer esconderse detrás de sus tropelías.
Es
hora de confiar en nosotros mismos, en valorarnos por lo que somos, en defender
lo nuestro con amplio sentido nacional, sin fanatismos, y dejando el
patrioterismo de lado. Conocer nuestra naturaleza solidaria que trasciende los
flashes informativos en el que el primero en la lista de urgencias logra salvar
su vida gracias a un alma o a una familia caritativa.
Ser
conscientes de que no se puede construir sobre la mentira sino sobre bases sólidas,
sobre la verdad que es la mejor manera de construir; y no dejarnos engañar más
por caudillos o líderes mesiánicos. Dejar de lado las ideologías e ir en
busca de nuestros ideales que es el lazo más fuerte que puede unir a una
nación.
Cada
pueblo no
siempre "tiene el gobernante que se merece"; como si alguna vez Alemania hubiera
merecido un Hitler, como si Sudáfrica hubiera merecido a Botha, o Chile a
Pinochet, o como si en el caso nuestro hubiéramos sido tan despiadados como
para merecer un Menem o un
Videla...
¿Acaso importa el motivo de nuestra reacción?, ¿o es importante el hecho de que sucedió aunque influyeran actos provocados o no por intereses ajenos? y si así fuere, "fueron por lana y salieron trasquilados" porque a partir del glorioso 19 el pueblo comenzó a comprender muchas otras cosas más, como por ejemplo algunos factores desencadenantes de esta crisis.
No
sabemos si en un futuro cercano vamos o no a encontrar a nuestro conductor, lo
que sí debemos procurar que sea un gobernante que cumpla su función sin darle
la espalda a la gente, sin importar si sus ideas se corresponden con la
izquierda, o la derecha o una tercera posición, sino que gobierne sobre un
principio básico y universal que no resiste ideologías ni corrientes de
pensamiento: el sentido común. Creo que es una meta realista aunque no
sencilla de concretar.
Seguramente nuestro desafío será lograr que el esfuerzo que demande reconstruir el país para nosotros y nuestros
hijos valga la pena. El recurso más importante y valioso para tal fin lo
tenemos: el humano.
Oh, juremos con gloria vivir!